Selección, traducción y comentarios de GUIDO TAVANI 

XIII. El cuento de las arenas 

Un caudaloso río comenzó a correr desde sus orígenes en las lejanas montañas y tal era su ímpetu quelograba sortear en su curso toda suerte de obstáculos, sinuosos caminos, elevaciones, vados, hasta que finalmente se topó con las quemantes arenas del desierto. Y seguro de poder atravesar ahora el último obstáculo que se le alzaba, vaciló unos instantes antes de arrojar sus aguas pues, advirtió inmediatamente que si lo hacía, su impetuoso curso se secaría tan pronto como se posara sobre aquellas sedientas arenas. Así, fiel a su naturaleza, aún sabiendo que estaba destinado a cruzarlas, luego de haber estimado los riesgos, el río advirtió que no había modo de hacerlo sin desaparecer para siempre. Y mientras éste meditaba profundamente, una voz que provino del fondo del desierto le dijo: 

-¡El viento atraviesa el desierto, y así puede hacerlo el río! 

A lo cual responde: 

-No lo creo. El viento es capaz de volar y por ello puede surcar el desierto. Yo, en cambio, puedo correr sólo en lo bajo, y si me arrojo, mu curso quedará sepultado para siempre en la arena. 

-Si pretendes arrojarte con violencia, no lograrás cruzarlo, dijo la voz del desierto. 

Te convertirás en un pantano o sencillamente desaparecerás. Debes permitir que el viento te conduzca a tu destino final. 

-En ese caso, será el viento quien me absorba, dijo el río. Así, mi materia y mi alma desaparecerán, y una vez perdida, ¿cómo podré recuperarla? 

-El viento hará primero que la pierdas y que luego la recuperes, y así elevando tus vapores por sobre las ardientes arenas, te transportará a través del desierto y cayendo luego como lluvia recuperarás tu materia aunque nunca volverás a ser el río que eras. 

-¿Cómo puedo saber que es verdad lo que dices? 

-Está escrito en la ley de las cosas. Y si acaso no lo crees y te obstinas en quedarte allí, degradarás tu condición hasta convertirte en un pequeño pantano y aún así te tomaría muchos años. Y un pantano no puede compararse a la majestuosidad de un río. 

-Dime, sabia arena, ¿por qué no puedo regresar a ser el mismo río que ahora soy? 

-No es posible que permanezcas siendo el mismo río, respondió la voz.-Tu materia esencial será transportada por el viento y así se engendrará de ti un nuevo río, tal como ocurrió en tus orígenes, cuando fuiste un delgado hilo de agua, y luego un arroyo, y luego un lago, sólo que los has olvidado y ya no saber qué parte tuya es esencial. 

Cuando terminó de oír esto; el río permaneció en silencio, y luego, se replegó sobre sí mismo en toda la extensión de su caudaloso curso para entregarse a profundos pensamientos. Meditó, debatió, agitó su memoria, y recordó su origen. Así, evocó cada uno de los estados que había sido: el hilo de agua, luego manantial, luego el arroyo, luego la laguna, el lago y finalmente el ancho río en el que se había transformado. Recordó cuando el viento lo asistió en su débil nacimiento; también cuando el sol derretía las nieves de las cumbres y asomados ya en sus endebles brazos y dedos comenzaba aquel deslizarse por las escarpadas laderas ayudado a veces por el viento. 

Así, el río, luego de aquella meditación, elevó sus vapores y se los ofreció sin resistencia como se ofrece un amante, a los acogedores brazos del viento, quien, como entonces lo acunó en su regazo y lo condujo hacia lo alto y a lo lejos dejándolo caer sobre la cumbre de una elevada montaña situada a miles de kilómetros de allí. De ese modo, el río recuperó su origen y se dijo a sí mismo: Ahora conozco la materia de la que estoy hecho”. 

Viento, brisa, aguas, sol, vapor, montaña, todo está mezclado en mi lecho. 

Cuando el impetuoso río, aún inexperto, se detuvo frente a las ardientes arenas, temió perder su sustancia hasta que la sabia voz del desierto lo instó a recuperar la memoria de todos sus estados anteriores. 

Las arenas que estuvieron allí desde siempre han visto cientos de pequeños ríos evaporarse sobre sus vastas extensiones y recuperarse luego bajo la forma de lagos, arroyos o fusionarse en el mar. Y así acumularon la sabiduría que luego le comunicaron al inexperto e impetuoso río pues, las arenas siempre yacieron entre las aguas y las montañas. 

Por ello se dice siempre que el camino por el cual el Río de la Vida debe continuar su travesía sin detenerse, está escrito desde siempre en las arenas.

Recoleta, Buenos Aires
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